En un ranking oficioso de las mejores bandas sonoras de películas del oeste, colocaría la que hoy nos ocupa en lo más alto, superando incluso a la de “Los siete magníficos”. Quizás me deje llevar por lo mucho que me gusta esta película, que catalogaría de dimensiones épicas, tan grandes como las que anuncia su título “The big country”, o en español “Horizontes de grandeza”. Aunque aislando la música de las películas, no creo que llegara a una opinión diferente.
Por cierto, olvidaos de romanticismos, aunque no vamos a negar que la historia de amor tiene un enorme peso en este filme, pero el hilo conductor del mismo es el descarnado odio entre dos veteranos patriarcas del viejo oeste, egoístas, rencorosos y altivos que tras arrastrar a sus respectivos clanes a una auténtica guerra abierta por el agua para sus ganados, deciden poner fin a sus desavenencias en un legendario duelo final en el “Cañón Blanco”. Las interpretaciones de ambos contendientes, Burl Ives (Rufus Hannassey) y Charles Bickford (Major Henry Terrill) son antológicas, con momentos sublimes, como la interrupción de la fiesta del Mayor Terrill a cargo de su némesis, el orondo R. Hannassey, que se presenta en solitario portando un rifle y vestido de ganadero en plena faena para destrozar la elegante celebración de su oponente. En esta escena saltan auténticas chispas, es como el choque de dos pesos pesados, demostrando que la fuerza de un gran texto junto con una poderosa interpretación, produce un efecto tan impactante como el de la más conseguida escena de acción.
Pero bueno, me estoy desviando. Como diría Paco Umbral, yo he venido aquí a hablar de mi libro, vamos que mi intención con este post era recordar la maravillosa banda sonora de Jerome Moross, que nos cautiva desde esa destellante entrada en el primer fotograma de la película acompañando a una diligencia que atraviesa esa enormidad de país al trote de los caballos, con esas ruedas que echan humo, en unos deslumbrantes títulos de crédito diseñados por el maestro Saul Bass. Pero en este caso, recordando al excelso Billy Wilder, no se trata de lo mejor de la película, sino que ésta no para de crecer hasta su desenlace.
Tal vez el oeste nunca fue como nos lo pinta esta película, pero la verdad nos da igual. Como le escuché alguna vez a Pumares, en el Oeste si la leyenda superaba a la realidad, se escribía la leyenda. De modo que, ¡viva la ficción hollywoodiense! , que nos enganchó para siempre con un género puramente americano como es el western, y que de paso nos ha permitido conocer talentos como el del brillante músico al que hoy pretendíamos hacer un modesto homenaje.



